Hay un dato de la biografía intelectual de Elías Crespin (Caracas, 1965) que se repite sistemáticamente al analizar su trabajo. La pieza L’onde du midi (2020) se exhibe como parte de la colección permanente del Museo del Louvre en París. Más allá del fascinante efecto visual que produce la coreografía de los 128 tubos metálicos que la componen, o del logrado contraste que se genera entre la instalación y la arquitectura que la emplaza, se suele destacar que Crespin es el único artista latinoamericano con tal distinción en su currículo. Se trata, entonces, de la validación del arte ‘periférico’ por parte de las instituciones de los centros hegemónicos. Se trata, en el fondo, de esa relación asimétrica de poder entre las provincias y las metrópolis denunciada por la crítica al colonialismo, que algunos de los mejores intelectuales de la región oportunamente han trasladado al estudio de la cultura desde los años sesenta (1). Parece urgente insistir en que la relevancia del trabajo de Crespin no reside en tal validación, sino en la función que cumple en el devenir del arte como hecho social y su historia. Así, conviene reflexionar sobre su inscripción en la escena venezolana, donde dicha función se revela de primer orden.
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Elías Crespin, el último maestro cinético
febrero 16, 2026


